Nota de opinión
La crítica al bajo nivel de la oferta política es válida, pero el mayor riesgo es que el pánico al rival nos obligue a votar mal y terminemos con un Congreso menos representativo.
En estos días, con el cierre de listas, una legítima preocupación recorre la opinión pública: la calidad de los candidatos. Editoriales como el de Tenembaum en su programa de radio y otros analistas han puesto el dedo en la llaga, criticando con razón un repertorio que lejos está de enamorar al elector. Coincido en el diagnóstico. Sin embargo, existe un riesgo aún mayor que pasa más desapercibido y que puede definir la calidad de nuestra democracia los próximos años: la trampa de la polarización que nos fuerza a votar en contra de algo, y no a favor de una idea.
Aunque el menú electoral es bastante variado, el relato imperante es binario. Frente a esto, es crucial entender la naturaleza de una elección legislativa. El Congreso debería ser el espejo de la pluralidad de voces que, sin lugar a dudas, existe en la sociedad. Si bien los polos pueden tener su núcleo duro, es la ancha (?) avenida del medio la que termina cediendo al pánico, inclinándose forzadamente hacia uno de esos extremos. Así, pierde la oportunidad de elegir a quien realmente la represente o, al menos, a partidos, alianzas o candidatos más cercanos a su manera de pensar. Al actuar así, no le quitamos poder al rival; nos lo estamos quitando a nosotros mismos, diluyendo nuestra propia voz en el Congreso.

Este mecanismo opera en ambos extremos del espectro. Un elector liberal con convicciones republicanas, o uno progresista no kirchnerista, pueden encontrar opciones que se asemejan más a su manera de pensar y a su estilo político deseado. Sin embargo, la lógica polarizante los acorrala: al primero se le advierte que cualquier voto fuera de la fuerza hegemónica de su espacio fortalece al polo opositor maximalista; al segundo, que «dividir el voto» beneficia al oficialismo. Así, ambos abandonan al candidato que mejor los representa y eligen por miedo o por un mal entendido pragmatismo. El resultado es el previsible: el Congreso representa a una sociedad que pareciera estar más polarizada de lo que realmente está. La sociedad, a través de estas percepciones del elector, pierde la oportunidad de mostrar el real nivel de polarización que tiene.
La crítica a la dirigencia es justa y necesaria. Pero nuestra responsabilidad como electores es no empeorar las cosas premiando la táctica del miedo. Las elecciones de medio término son el momento perfecto para afinar la punta del lápiz (valga el doble sentido para la Boleta Única Papel) y votar con precisión, no con pánico. Para mandar al Congreso al representante que más se le parezca, no al que mejor bloquee al que menos le gusta.
Informarse y resistir el canto de sirena del relato bipolar es un acto de responsabilidad cívica.
Lic. Jonathan Caruso – Consultora Rima

