La inquietud por los negociados en el Estado salta al tope de las encuestas, pero el voto parece indiferente. ¿Estabilidad mata robo? Opinan cinco analistas.

Desde Carlos Menem, pasando por Fernando de la Rúa, Néstor Kirchner, Cristina Fernández de Kirchner, Mauricio Macri y Alberto Fernández y llegando ahora a Javier Milei, las acusaciones de corrupción, más o menos fundadas, han sido un arma filosa. Sin embargo, aunque el tema descuella en medios y encuestas, las sucesivas elecciones no siempre reflejan esa supuesta preocupación. ¿Por qué?
El tema resulta fundamental ahora que el presidente de extrema derecha acaba de ganar con claridad los comicios legislativos a pesar de haber llegado a las urnas enredado en el Libragate, el Karinagate y el Narcogate que arrastró contra su voluntad a José Luis Espert.
A la hora de la verdad del ejercicio del voto, ¿el tema importa tanto como se dice o su mención es pura corrección política? ¿Vale, pero menos que lo que se reconoce, rezagado por las necesidades materiales? ¿Ha caído presa de la grieta y la doble moral?
Varios de los principales especialistas en opinión pública del país respondieron a la consulta de Letra P. Entre sus coincidencias, matices y desacuerdos se filtran realidades que sirven para desentrañar el misterio y conocernos mejor.
Javier Milei, entre Libra y Diego Spagnuolo
La cuestión se hace relevante cuando el flagelo regresa a los principales titulares y debates políticos; cuando se debaten asuntos como el encarcelamiento de CFK y la transparencia de la causa de los cuadernos K; cuando el peronismo casi completo –preso de su pasado– se alinea en la crítica a las condiciones de reclusión de Julio De Vido y hasta a su propia reclusión; cuando Alberto Fernández acaba de ser procesado por la contratación presuntamente fraudulenta de seguros y cuando las coimas en la Agencia Nacional de Discapacidad (ANDIS) acorralan a Diego Spagnuolo –¿sólo a él– y la investigación del caso Libra avanza peligrosamente sobre los despachos del Presidente y de su hermana y secretaria general, Karina Milei.

Más especialmente, cuando esto último no privó al oficialismo de extrema derecha, como en su momento les ocurrió a Menem y a los Kirchner, de imponerse en las urnas en medio de escándalos sonados.
Javier Milei y la prueba de la blancura
Las consultoras Trespuntozero, de Shila Vilker, y La Sastrería, de Raúl Timerman y Juan Carlos Malagoli, acaban de realizar un interesante estudio sobre el tema.
El trabajo –17 a 21 de octubre, 1240 casos, nacional, cuestionario semiestructurado, sistema CAWI, error muestral de +/-2,8 puntos porcentuales y nivel de confianza del 95%– muestra que, en términos generales, prácticamente no se considera que haya inocentes. Así lo muestra una nube de términos elaborada en base a la pregunta de «¿cuál es la primera palabra que se le viene a la mente cuando piensa en la corrupción?».
Tanto es así, que nada que se vincule con los poderes del Estado y el Círculo Rojo queda fuera de la condena social y cuanto más alta es la responsabilidad de las personas, más sospechosas resultan.
La idea de la impunidad está mayormente descontada.
Por último, Milei no pasa precisamente la prueba de la blancura.
Corrupción: ¿indignarse queda bien?
Lucas Romero, director de Synopsis Consultores, le dijo a Letra P que «no hay una única explicación» a la errante correlación entre preocupación por la corrupción y voto. «Por un lado, hay que mencionar el sesgo de confirmación que habitualmente condiciona la percepción que el público tiene sobre los acontecimientos; es la parábola de la paja en el ojo ajeno y la viga en el propio. Por el otro, la preocupación por el tema es políticamente correcta, pero muchas veces queda solapada por intereses mucho más básicos de los votantes: que les resuelvan sus problemas», agregó.
El analista enfatizó el punto anterior. «Es por eso que en muchas encuestas aparece gente que toleraría ciertos niveles de corrupción a cambio de que le resolvieran los problemas, pero aun así puede seguir sosteniendo que su principal preocupación es la corrupción», sostuvo.

Por el contrario, Vilker está convencida de que «la corrupción es un tema movilizador para un segmento social específico, el votante antiperonista; de hecho, es uno de los argumentos que aparecen en la fundamentación del voto».
«No es un tema que no deba ser considerado. Tanto es así, que en muchos casos atraviesa las campañas, es un anclaje de posicionamiento y les da un lugar a los candidatos, como ocurrió, por ejemplo, con Mauricio Macri en 2015″, ejemplificó.
Sin embargo, le reconoce un valor electoral más bien de gatillo. «Actúa como la gota que rebalsa el vaso cuando hay malestar económico», sentenció.
Corrupción y economía, una relación compleja
Entonces, ¿importa o se lo menta pour la galerie?
Fuente Letra P

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